
Diógenes fue un filosofo griego discípulo de Antístenes, que a su vez lo fue de Sócrates. Vivió en la mas extrema pobreza y fue admirado por los atenienses por su desprecio a las comodidades. La virtud es la base de su filosofía. Llevó a la práctica el ideal del sabio cínico, representado por una vida solitaria en renuncia constante de todos los bienes creados por la sociedad.
Un provocador articulo del amigo Rodrigo Pérez Nieves llamado De filósofos y políticos, me dejó inquieto por una afirmación sobre Diógenes. Asegura el escritor que el filósofo adoptó una actitud "humilde ante la vida" y no puedo estar mas en desacuerdo con tal comentario.
Al contrario, a mi parecer Diógenes estaba convencido que sus ideas eran correctas y estaba orgulloso de ellas. Las defendía con orgullo. Las predicaba con pasión. Las vivía con integridad.
Como todo gran personaje histórico se comprometió con un ideal y en ningún momento le restó importancia a sus propios logros y virtudes, todo lo contrario, los exhibía y predicaba. Llevaba, ciertamente, poco equipaje, pero lo lucía con ostentación por lo mucho que significaba para sus ideales. La pobreza no era una muestra de humildad, era una muestra de convicción.
La lección de vida que, a mi parecer, encierra la historia de Diogenes es la de la integridad. Integridad entendida como la unidad entre la acción y el ideal personal en todo momento. Vivo mis creencias, soy fiel a mi filosofía en todo momento. Dice en algún lugar Stephen Covey que no hay persona mas confiable que una persona integra. Un lamentable ejemplo de falta de integridad son nuestros políticos que dicen, según las circunstancias, lo que sea necesario para salir del paso; pero actúan de diferente forma.
La imagen que acompaña este comentario es: Diogenes, pintada por John William Waterhouse en 1882.


