miércoles, 2 de julio de 2014

La velocidad de la lengua

Admiro a las personas que muestran una gran velocidad al momento de replicar. No importa si es la respuesta a un agravio o es un punzante comentario mordaz que hace sonreír a todos los presentes. Parece que tienen todas las respuestas en la punta de la lengua y basta con un leve esfuerzo para escupirlas.
Me aburren quienes se tardan en responder. Quienes deben pensar varias veces sus réplicas y, aun así, se muestran dubitativos cuando se atreven a expresarlas.
Los peores son esos que en las charlas electrónicas, por chat o what’s app, tardan horas y hasta días en anotar sus comentarios. Parece que antes de responder deben consultar su biblioteca, san google y la opinión de sus más cercanos. Y me molestan porque le restan viveza y fluidez a la conversación.
La certeza de los comentarios veloces es lo de menos, lo importante es no permanecer callado y parecer retrasado mental. (Ahora que lo pienso bien, de allí debe venir el calificativo de retrasado: alguien que tiene atraso en responder). Dar la impresión de combativo, de mucha agilidad mental, es la prioridad.
Dice la palabra “Fuente de vida es la boca del justo, pero la boca del malvado encubre violencia” Proverbios 10, 11. El silencio es un tipo de violencia, mientras la palabra espontanea es fuente de vida, sin dobleces, ni malas intenciones largamente reflexionadas. El justo opina pronto, permite que su sabiduría desborde rápido de su boca. Opinar es otorgar por destellos nuestra sabiduría a los demás y cuanto más rápido, mejor.
Los comentarios le dan vida a los blogs, son bienvenidos siempre en este modesto espacio de mi opinión, suplico la paciencia del lector porque siempre tardo, mucho, pero mucho, en responder.

Bazinga!!!

miércoles, 25 de diciembre de 2013

Avaricia y pobreza

Avaro.
Irracionalmente egoísta.
Me debato entre si debo compartir mis miserables conocimientos o si los debo ocultar en un cofre y enterrarlos lejos de la vista de los piratas que pueden aprovecharlos.
El Moyas, en unos párrafos de su más celebrada novela, me aclara el panorama y provoca mi vergüenza. 

"Los pordioseros se arrastraban por las cocinas del mercado, perdidos en la sombra de la Catedral helada, de paso hacia la Plaza de Armas, a lo largo de calles tan anchas como mares, en la ciudad que se iba quedando atrás íngrima y sola. 
La noche los reunía al mismo tiempo que a las estrellas. Se juntaban a dormir en el Portal del Señor sin más lazo común que la miseria, maldiciendo unos de otros, insultándose a regañadientes con tirria de enemigos que se buscan pleito, riñendo muchas veces a codazos y algunas con tierra y todo, revolcones en los que, tras escupirse, rabiosos, se mordían. Ni almohada ni confianza halló jamás esta familia de parientes del basurero. Se acostaban separados, sin desvestirse, y dormían como ladrones, con la cabeza en el costal de sus riquezas: desperdicios de carne, zapatos rotos, cabos de candela, puños de arroz cocido envueltos en periódicos viejos, naranjas y guineos pasados. 
En las gradas del Portal se les veía, vueltos a la pared, contar el dinero, morder las monedas de níquel para saber si eran falsas, hablar a solas, pasar revista a las provisiones de boca y de guerra, que de guerra andaban en la calle armados de piedras y escapularios, y engullirse a escondidas cachos de pan en seco. Nunca se supo que se socorrieran entre ellos; avaros de sus desperdicios, como todo mendigo, preferían darlos a los perros antes que a sus compañeros de infortunio. 
Comidos y con el dinero bajo siete nudos en un pañuelo atado al ombligo, se tiraban al suelo y caían en sueños agitados, tristes; pesadillas por las que veían desfilar cerca de sus ojos cerdos con hambre, mujeres flacas, perros quebrados, ruedas de carruajes y fantasmas de Padres que entraban a la Catedral en orden de sepultura, precedidos por una tenia de luna crucificada en tibias heladas..."  

La pobreza no está en poseer menos que los demás, está en el temor de perder lo que se tiene, sin importar si es mucho o poco.

lunes, 2 de diciembre de 2013

¿Demasiado amor?

Max nació en un pequeño poblado de la provincia, en la calurosa costa del pacifico guatemalteco. Su padre lo abandonó al año de nacido. Creció con su madre y su hermana mayor. Tuvo la fortuna de contar con el apoyo de toda la sociedad para su educación y aprovechó hasta donde pudo al graduarse, sin honores, de perito contador.
Al casarse su hermana se quedó a vivir con su madre quien sobrevivía vendiendo fruta en los
buses de transporte urbano.
A los diecinueve años se trasladó a la capital del país, a la casa de su cuñado, porque había logrado ingresar a la universidad estatal para estudiar auditoría; sin intuir que la persecución de su sueño iba a derivar en desgracia.
Al pequeño Max su madre y hermana siempre le cumplieron sus deseos, en la medida del contexto donde crecieron. Le dieron mucho, mucho amor y Doña Goyita siempre le insistió a Lorena que debía velar por el bienestar de su hermanito. Max captaba toda la ternura que esas dos mujeres eran capaces de sentir. El amor por él rebalsaba todo el espacio disponible en ambos corazones.
Max, o Mashito como le decían sus familiares, no extrañó la ausencia de su papá, pues lo único que le faltó de él es algo que no podía añorar, pues nunca lo conoció, los valores que transmite un papá.
Fue durante el bautizo de bienvenida cuando el infierno se abrió, de la mano de una hermosa jovencita con un tatuaje en la muñeca izquierda y un coqueto piercing en la ceja derecha.
-Prueba, sólo un toque para quitar el frío- le dijo mientras le extendió un extraño cigarrillo, de extraño olor – es de los que dan risa.
Narrar el derrumbe de Max es mucho hablar por muy poco que decir. Una cosa llevó a la otra y al poco tiempo estaba de regreso en la provincia porque, a pesar del encubrimiento de Lorena que se esforzaba por ocultar los abusos y robos de su hermano, el cuñado ya no lo aguantó más y lo sacó de su casa.
Me enteré de la vida Max porque mi madre, con ese corazón generoso que la caracteriza, ayudaba a Doña Goyita pagándole por tareas innecesarias y mandados sin sentido pues ella siempre andaba urgida de dinero por las crecientes exigencias de su hijo.
Me contó mi madre, unos días después de la muerte de Max, que si ella no le entregaba por lo menos un octavito a su hijo, este reaccionaba con lujo de violencia contra ella. Tal era el temor que el ingrato ejercía sobre su madre que ella se veía urgida a pedir prestado, limosna o vender los pocos enseres de su casa para cumplir sus necesidades de droga y alcohol.
La tragedia me golpeo y dejó muchas dudas: ¿hasta dónde debe llegar el amor para proteger y ocultar la realidad? ¿Qué tanto más vale la felicidad ajena a costa de la propia?
Ocultar la mediocridad y maldad de los seres queridos en pequeños actos ¿hasta dónde nos puede llevar?

¿Puede “mucho amor” ser “malo”?  

jueves, 21 de noviembre de 2013

Aperto libro

Que gran cantidad de equivocaciones las que cometemos los que hemos pretendido enseñar sin haber alcanzado todavía la madurez del espíritu y la tranquilidad de juicio que las experiencias y los mayores conocimientos van dando al final de la vida. El mero conocimiento no es sabiduría. La sabiduría sola tampoco basta. Son necesarios el conocimiento, la sabiduría  y la bondad para enseñar a otros hombres. Lo que deberíamos hacer los que fuimos alguna vez maestros sin antes ser sabios, es pedirles humildemente perdón a nuestros discípulos por el mal que le hicimos.

Leído en: El olvido que seremos
Escrito por: Héctor Abad Faciolince

lunes, 11 de noviembre de 2013

¿Será posible que los muertos vuelvan a vivir?

Al salir de la casa, junto a mi hijo, una sonriente señorita nos abordó, al momento que nos entregaba un volante, al que llamó "tratado", nos hizo la cordial invitación a leerlo y reflexionar sobre su contenido junto a la lectura de la biblia.
El titulo del documento es ¿será posible que los muertos vuelvan a vivir? y, debo darle la razón a quién me lo entregó, es importante la reflexión al respecto.
Si es posible que los muertos vuelvan a vivir, no me interesa. No tengo evidencia palpable de ello, ni puedo vivir en función de esa posibilidad. Hoy estoy vivo, hoy siento, hoy estoy consciente de mi vida y decido dedicarme a vivirla, punto final.
No encuentro beneficio alguno en creerme una oferta imposible de probar: "va a haber resurrección" (Hechos 24:15).
No puedo encontrar consuelo cuando muera un ser querido debido a dicha esperanza. Una oportunidad tengo para demostrarle mi cariño a quien lo deseo, si la dejo pasar es simple, la perdí. Me sirve mas tener plena consciencia del valor del hoy y no dejarlo pasar.
La muerte es una realidad, somos finitos. Si busco un alivio fantástico para evitar el temor obsesivo a lo inevitable, sólo vivo un engaño que me impide amar lo que realmente vale "la vida".
Hace mas de 2,300 años Epicuro afirmaba, creo que con razón: "si donde yo estoy no está la muerte, y donde está la muerte no estoy yo, ¿por qué temerla?".