¿Y tu, por qué escribes?

Será que escribes canciones
para que otros las canten
y las bailen con alegría...

O le pintas la carita de colores
a tus palabras para que, cual payasos,
provoquen la risa.

Podría ser que escribas solo para tí
y escondas bajo la cama tus versos.

Puede ser que invites a soñar
con tu prosa
o que inventes historias
para devorar las horas
llenas de soledad.

¿Escribes fábulas que pretenden enseñar moralejas
o simplemente desahogar tus penas?

Quizá te atrevas a desnudar tu vida
y nos la cuentes o
elabores una máscara para ocultar
tus dolores y vergüenzas

Es posible que lo hagas para
contar tus descubrimientos del
mundo y
simplemente lo quieres
compartir.

Yo no se aún por qué escribo,
ni se si lo hago bien
o mal.

Pero seguro que cuando lo sepa,
lo podrás leer.

Ultimo momento

No soporto mas, la hora por fin llegó. Mis cansados pies me impiden pensar en un paso mas, ni uno mas. Mis ojos ya no resisten, el cansancio final me hace creer que todas las páginas leídas no han servido para nada mas que acelerar la llegada del final.
Lo que en otro momento me proporcionó felicidad y placer resulta intolerable en este momento. La familia cercana, interesada en compartir un instante mas de mi vida, rodea el lecho en que reposo; con la esperanza arrancarme una postrer caricia o una sonrisa para agregar a sus recuerdos junto a mi.
A mis oídos únicamente llega el sollozo de mi hijo, que la madre, ya al borde de la paciencia, intenta callar con palabra cariñosas.
Mi consciencia es mínima, la razón está a punto de abandonarme, no logró comprender la petición de la hija que no se ha separado de mi lado desde hace muchas horas.
Muchas palabras por decir, sueños pendientes de realizar. Cuentas por pagar y por cobrar, juegan intercambiando lugar entre las columnas del debe y el haber al momento de llegar la conclusión.
Divago y soy incapaz de comprender las palabras de los locutores del noticiero nocturno que llegan a mi como un susurro.
Basta, en mi terminal arrebato de voluntad apago la televisión, saco a todos del cuarto porque quiero dormir.

No pasó nada...

Gracias a un beso de mi hijo, abrí los ojos muy temprano. Aunque estaba atento porque seguramente algo emocionante habría de pasar durante el día, no me importó invitarlo a recostarse conmigo, un rato mas antes de levantarnos y el aprovechó para contarme una de esas hermosas historias que suele inventar.
Nuestra alegría fue muy grande cuando nuestra perrita saltó sobre nuestras piernas al abrir la puerta del cuarto. Tan solo dos días antes había estado en cama muy desanimada porque estaba enferma.
Fui a despertar a mi hija pequeña para que barriera la suciedad nocturna de la Moly, porque los martes es su turno y me quedé abrazado en la cama con ella, mientras terminaba de despertar. Sabía que algo emocionante, digno de ser contado, sucedería mas tarde; pero de momento no me importó hacerlo esperar.
Una rápida salida a la panadería y una deliciosa taza de café, me despabilaron por completo y me bañé. Terminé de leer un libro muy bueno que había empezado la noche anterior, con mucha alegría por su hermoso contenido.
Intercambié algunos mensajes y leí algunas cosas en la red, pero eso no impidió que disfrutara ver a mi hija grande cuando por fin se levantó. Pensé para mis adentros, al ver el cuadro completo que forman mis tres hijos, sobre lo orgulloso que estoy de ellos.
Llegó la hora del almuerzo y aún no pasaba nada. Miramos un video de nuestra serie favorita, después los grandes jugamos un rato en la computadora y los pequeños salieron a jugar con sus amigos de la cuadra mientras esperábamos que llegara la hora de ir al entreno de karate.
Durante el trayecto al gimnasio temí que nada emocionante ocurriera en ese día y no podría escribir mi ensayo, pero la intensidad del entreno de mis hijos me hizo olvidar el presentimiento.
En el entreno no sucedió nada importante, mi hijo pequeño es un niño muy frágil, aún los niños mas pequeños lo superan en fortaleza física, pero me hizo sentir muy orgulloso su interés por hacer bien las cosas, el empeño que pone para superarse. Sus manitas, sus piecitos, me enternecen al punto del llanto, solo tiene ocho añitos y ya se comporta como todo un hombre, enfrentando sus debilidades y tratando de superarlas.
Mi hija pequeña y la grande se enfrentaron en combate al finalizar la clase. Que tensión, sabía que no se iban a golpear, pero al observar su ágiles movimientos, su mirada atenta al rival y la inteligente estrategia que utilizaban no se como me contuve para no ir corriendo a abrazarlas para demostrarles mi admiración, cariño y respeto.
Al regresar a la casa, mi mejor compadre, que llegó sin previo aviso, ya se había retirado porque nos tardamos mas de lo normal en regresar y creí que con él se había llevado mi última oportunidad de tener tema emocionante para escribir.
En mi día, no pasó nada, lo siento pero no pasó nada. Me digo que no pasó nada y no se porque estoy llorando de felicidad por un día en que no paso absolutamente nada.


La tristeza era la forma y la felicidad, el contenido. La felicidad llenaba el espacio de la tristeza

Aperto libro

Quiero pensar que una vez, hace algunos años, hicimos tan dichosos de esa misma forma a nuestros padres, como tú nos has hecho a nosotros, y que esa felicidad que fuimos capaces de generar en otros, es la que se nos recompensa, cuando tenemos a nuestros hijos con nosotros.

Leido en Recuerda siempre cuanto te amo, Omar Velasquez

Aperto libro


El retrete hipócrita

Las tazas del váter (inodoro) en los cuartos de baño modernos se elevan del suelo como flores blancas de nenúfar (ver imagen). El arquitecto hace todo lo posible para que el cuerpo olvide sus miserias y el hombre no sepa qué pasa con los residuos de sus entrañas cuando rumorea por encima de ellos el agua violentamente salida del depósito. Los tubos de la canalización, aunque llegan con sus tentáculos hasta nuestras casas, están cuidadosamente ocultos a nuestra vista y nosotros no sabemos nada de la invisible Venecia de mierda sobre la cual están edificados nuestros cuartos de baño, habitaciones, salas de baile y parlamentos.

Leído en: La insoportable levedad del ser, Milan Kundera