jueves, 20 de junio de 2013

Lo confieso...

Hace dos días mi hija mediana me dio un hermoso regalo para celebrar el día del padre. Bueno, realmente fueron tres en uno, una canción, un abrazo muy sentido y unas lágrimas que gritaban te quiero mucho.  La tarde de ayer, mientras sostenía una agria discusión financiera, a mi hijo de once años lo asaltaban cerca de mi casa, al regresar del gimnasio. Cuando me enteré del suceso estaba muy lejos de él y muy cerca de mi hija mayor que celebraba con euforia un triunfo laboral. Al regresar a la casa, después de contarle el suceso a su madre y a la hermana, mi hijo se refugió en mis brazos un largo rato, cenamos, terminó sus tareas y nos fuimos a dormir... juntos, como solíamos hacerlo hace algunas lunas. Es la una de la mañana y no logro conciliar el sueño porque estoy velando el de él, no vaya a ser que despierte con miedo y necesite mi consuelo.
Llevo años buscando la felicidad, tengo once de haberla completado, pero a ratos pierdo el rumbo de tan acostumbrado que estoy a ella y continúo con una búsqueda que ya carece de sentido. Debo confesar que muchas pasiones atraen mi atención: leer, dar clases, los negocios. Debo aceptar que muchas veces me entretengo en pasajeros placeres que derivan en culpa por el tiempo perdido. Mas con alegría se decir que he identificado mi mayor fuente de dicha: ser padre.
Para llevar una vida plena es preciso reconocer el objeto de las pasiones personales y yo tengo cuatro. De una llevo el apellido y las otras tres llevan el mío.
Si, claro que se que alguna día partiran y seguirán su propio camino. Lo se. También se que debo ocupar mi tiempo en esas otras pequeñas cosas que también me hacen feliz y productivo, mientras ellos tres construyen sus relaciones, su profesión, su vida. Tampoco olvido que debo mantener abiertos mis brazos para cuando deseen regresar por un tierno abrazo repleto de amor.
Sólo les pido dos cosas, una para mis nietos y otra para mi. Que amen a sus hijos, siempre, y, para mi, una pequeña plaquita, junto a mis cenizas, que diga: "Fue un buen padre".

lunes, 22 de abril de 2013

Aperto libro


Para no ser de los que se callan, para dar testimonio a favor de aquellos apestados, para dejar al menos un recuerdo de la injusticia y la violencia que se les habían infligido, y para decir sencillamente lo que se aprende
en medio de las calamidades: que hay en los hombres mas cosas que admirar que cosas que despreciar.

Me dijo mi amigo: Albert Camus
¿Donde?: En La peste

jueves, 3 de enero de 2013

Aperto libro

Había un corredor que decía que, ya desde que empezaba a correr, y luego durante toda la carrera, no hacia más que rumiar para sus adentros una frase que le había enseñado su hermano, que también era corredor: Pain is inevitable. Sufferin is optional, el dolor es inevitable, pero el sufrimiento es opcional, depende de uno. Por ejemplo, cuando una persona está corriendo piensa: "Uf, qué duro, no puedo más", lo de la dureza es un hecho inevitable, pero lo de poder o no poder más, eso queda ya al arbitrio del interesado. Creo que estas palabras resumen de manera clara y concisa lo más importante de un maratón.

Leído en: De qué hablo cuando hablo de correr.
Escrito por: Haruki Murakami

martes, 23 de octubre de 2012

Perdón y olvido

"Es por eso que nosotros invertimos una fortuna en medios. Creo que a través de los medios masivos podemos hacer llegar la voz a mucha gente, crear opinión de que debemos practicar el perdón, pues sin perdón no hay olvido. No podemos vivir en un país donde no haya perdón ni reconciliación".
Jorge H. López
En entrevista de Prensa Libre del 21 de octubre.

Al finalizar la lectura de la entrevista no puedo evitar los múltiples cuestionamientos que, atropellados, acuden a mi mente:
Si una mujer es victima de la violencia intrafamiliar, ¿la solución es que perdone y olvide?
Las esposas de los pilotos de unidades de transporte público, ¿deben enseñar perdón y olvido en el corazón de sus hijos huérfanos?
Mi vecino, que sostiene a su familia con su negocio de fletes ¿debe llenar el plato de sus hijos con perdón y olvido para los delincuentes que le robaron su vehículo?
¿Mis hijos deben aprender a perdonar y olvidar a los delincuentes de cuello blanco que elegimos cada cuatro años? Sin importar cuanto hayan robado, ni cuanta miseria generan a su paso.
¿Debo perdonar y olvidar los abusos de mis socios y amigos en los negocios, en el matrimonio, en la escuela? Y no ponerle punto final a sus desmanes.
Si la norma para vivir pacíficamente en sociedad es el perdón y no el respeto por el derecho ajeno, ¿para que gastamos tanto dinero en tribunales de justicia? ¿Para qué tanto esfuerzo por legislar?
¿Será que el perdón es bueno para la democracia y el olvido es mas importante que la república?
Y, si el perdón y el olvido son las metas, ¿cuál es el propósito de amenazar al pecador con el infierno?
¿Será que siempre debe prevalecer el valor del perdón sobre el valor de la justicia?

martes, 2 de octubre de 2012

Porqué tiendo mi cama

Mi madre siempre insistía en la importancia que tenía cumplir con el ritual de ordenar mi cama al momento de levantarme. Me decía que era mi primera tarea. Hoy, a sus 81 años, es la primera tarea que ella hace, sin falta y también trato de hacerlo así. Es mas, insistía en no sólo estirar los cobertores (chamarras, sábanas y sobrecama), es necesario sacudir todo. Esta afición mía de leer, me llevo a enterarme, que antaño se acostumbraba sacar las sábanas por la mañana a recibir sol. Ahora, cuando dispongo de tiempo, así lo hago y cuando me acuesto resulta muy agradable la forma en que me recibe mi cama.
Cuando era pequeño solía refunfuñar mucho antes de hacer mi tarea matutina porque mi madre nunca se tomó la molestia de explicarme las razones. Y la tarea, filosóficamente hablando, tiene mucho sentido para mi. Resulta que mi propósito final en esta vida es ser feliz. El propósito que elegí racionalmente. Debo entonces procurar por todos los medios a mi alcance, una situación que me permita alcanzar mi meta.
La primera parte de mi plan es establecer las condiciones para que sea posible el logro. Me parece que para poder ser feliz, en primer lugar debo llevar una vida digna y eso es imposible en un medio ambiente donde prive el desorden y la suciedad.
El orden y la limpieza se pueden comprar con dinero, pero también se pueden obtener con un poco de esfuerzo y sentido de amor propio. El orden, entendido como para cada cosa un lugar y cada cosa en su lugar, y la limpieza, en el sentido de ausencia de suciedad y manchas, son requisitos ineludibles para lograr mi propósito de vida.
Y, por eso, tiendo mi cama.