jueves, 22 de octubre de 2009

No pasó nada...

Gracias a un beso de mi hijo, abrí los ojos muy temprano. Aunque estaba atento porque seguramente algo emocionante habría de pasar durante el día, no me importó invitarlo a recostarse conmigo, un rato mas antes de levantarnos y el aprovechó para contarme una de esas hermosas historias que suele inventar.
Nuestra alegría fue muy grande cuando nuestra perrita saltó sobre nuestras piernas al abrir la puerta del cuarto. Tan solo dos días antes había estado en cama muy desanimada porque estaba enferma.
Fui a despertar a mi hija pequeña para que barriera la suciedad nocturna de la Moly, porque los martes es su turno y me quedé abrazado en la cama con ella, mientras terminaba de despertar. Sabía que algo emocionante, digno de ser contado, sucedería mas tarde; pero de momento no me importó hacerlo esperar.
Una rápida salida a la panadería y una deliciosa taza de café, me despabilaron por completo y me bañé. Terminé de leer un libro muy bueno que había empezado la noche anterior, con mucha alegría por su hermoso contenido.
Intercambié algunos mensajes y leí algunas cosas en la red, pero eso no impidió que disfrutara ver a mi hija grande cuando por fin se levantó. Pensé para mis adentros, al ver el cuadro completo que forman mis tres hijos, sobre lo orgulloso que estoy de ellos.
Llegó la hora del almuerzo y aún no pasaba nada. Miramos un video de nuestra serie favorita, después los grandes jugamos un rato en la computadora y los pequeños salieron a jugar con sus amigos de la cuadra mientras esperábamos que llegara la hora de ir al entreno de karate.
Durante el trayecto al gimnasio temí que nada emocionante ocurriera en ese día y no podría escribir mi ensayo, pero la intensidad del entreno de mis hijos me hizo olvidar el presentimiento.
En el entreno no sucedió nada importante, mi hijo pequeño es un niño muy frágil, aún los niños mas pequeños lo superan en fortaleza física, pero me hizo sentir muy orgulloso su interés por hacer bien las cosas, el empeño que pone para superarse. Sus manitas, sus piecitos, me enternecen al punto del llanto, solo tiene ocho añitos y ya se comporta como todo un hombre, enfrentando sus debilidades y tratando de superarlas.
Mi hija pequeña y la grande se enfrentaron en combate al finalizar la clase. Que tensión, sabía que no se iban a golpear, pero al observar su ágiles movimientos, su mirada atenta al rival y la inteligente estrategia que utilizaban no se como me contuve para no ir corriendo a abrazarlas para demostrarles mi admiración, cariño y respeto.
Al regresar a la casa, mi mejor compadre, que llegó sin previo aviso, ya se había retirado porque nos tardamos mas de lo normal en regresar y creí que con él se había llevado mi última oportunidad de tener tema emocionante para escribir.
En mi día, no pasó nada, lo siento pero no pasó nada. Me digo que no pasó nada y no se porque estoy llorando de felicidad por un día en que no paso absolutamente nada.


La tristeza era la forma y la felicidad, el contenido. La felicidad llenaba el espacio de la tristeza

3 comentarios:

Maru Luarca dijo...

La vida no es lo que esperamos, sino lo que es. Muchas veces, la felicidad ya está entre nosotros y no nos damos cuenta, porque estamos en la calle buscándola. Buen post. Mucho más tierno de lo que siempre te leo.

Wale dijo...

los hijos, "invaluable" sentir cada momento con ellos, algunas veces no nos damos cuenta del valor de cada momento vivido, deberiamos hacer conciencia de ello.

waleska dijo...

sii es cierto uno como hijo también debería de valorar y sacarle el máximo provecho a cada momento que estamos con nuestros papas.
:D
att.
andrea:)

:D